“Jesús me rompió los esquemas”

Este sábado se ordenaron dos nuevos sacerdotes argentinos en Roma: Fernando Cassol y Agustín Stevenazzi. En las primeras horas de su ministerio sacerdotal comparten en esta nota sus impresiones y perspectivas, el sentido de la vocación, la devoción a San Josemaría, los recuerdos de Roma y el agradecimiento a su familia.

De Argentina

Fernando Cassol nació en Cruz Alta, Córdoba, un 2 de diciembre hace 39 años. A los 18 se fue a Rosario a para estudiar la carrera de Contador Público Nacional y allí conoció el Opus Dei. Finalmente, vivió en Buenos Aires y terminó sus estudios en Tucumán, en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, donde por varios años coordinó las actividades del Centro Universitario Cebil. Realizó sus estudios eclesiásticos en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma y dentro de unos días defenderá sus tesis para convertirse en doctor en Filosofía. 

Por su parte, Agustín Stevenazzi es rosarino, arquitecto y tiene 32 años. Estudió en Roma y luego en España, donde obtuvo el título de Doctor en Teología, con especialidad en Sagradas Escrituras por la Universidad de Navarra, España. 

¿Cómo comenzó en su vida la devoción a San Josemaría?

FC: Un sacerdote amigo de mi familia conocía la Residencia Universitaria Litoral (en Rosario) y me estimuló para que la aprovechara en mi nueva etapa de universitario. Me sorprendió muy positivamente el ambiente que encontré: cordialidad, verdadera amistad e ilusión por hacer muy bien la carrera. Era un ambiente distinto a los que conocía. Descubrí que ese ambiente se debía al espíritu recibido por un sacerdote, San Josemaría. Me propuse conocer sobre su vida y fui establenciendo con él una verdadera “amistad”. Pronto me resultó una persona cercana, que vibraba con las cosas normales de mi vida, que me impulsaba a tener amigos, a querer a mi familia, a aspirar lo más alto posible en lo que haga, por amor a Dios.

AS: No recuerdo el modo exacto. Pero sí puedo decir que fue con naturalidad, como se transmiten tantas cosas de padres a hijos. Mis padres eran de la Obra ya desde antes de casarse. Y aunque nunca nos inculcaron expresamente la devoción a San Josemaría, la vivieron siempre con mucha espontaneidad. En especial recuerdo que rezábamos su oración para encomendarnos a su intercesión antes de emprender algún viaje largo en auto. Algún día empecé también yo por mi cuenta a pedirle cosas, aunque en general me gustaba más dirigirme a él directamente y no con la oración de la estampa.

¿Qué significa para usted ser sacerdote?

FC: Significa, a la vez, un gran honor y una gran sorpresa. El honor de que Dios me pida servirse de mí para llegar a todo el que le busque, al que necesite Su perdón. Una gran sorpresa porque es algo inmerecido, pero que muestra cómo Dios hace verdaderas “locuras” para salvarnos. En concreto, la locura de ponerse en manos de los sacerdotes –hombres, tantas veces frágiles- para estar presente en el mundo.

“Ahora Dios me pide que lo ayude a edificar la Iglesia”

AS: Para mí ser sacerdote significa servir a la Iglesia –y la Iglesia es cada persona- del modo en que el Señor quiere. Pienso que está bien resumido en la oración de ordenación: ser “fieles dispensadores de los misterios divinos para que todo el pueblo sea renovado con el lavado de generación y nutrido en la mesa del altar, sean reconciliados los pecados y los enfermos reciban sostén”. Mi tarea es dar el remedio espiritual para cada una de las necesidades del alma, por eso nos dicen “curas”, ¿no?

P. Agustín Stevenazzi

Considerando su carrera profesional, ¿cómo la relaciona con su vocación sacerdotal? ¿Cómo es ser un contador sacerdote? ¿o un arquitecto sacerdote?

FC: Me ayudan muy directamente a ver cómo tantas personas pueden dar a su vida cotidiana, laboral y profesional, un sentido mucho más grande. Es un panorama increíble el que se abre en la propia vida cuando uno puede ganarse el Cielo “haciendo balances y auditorías”.

AS: Como arquitecto, mi ilusión era construir grandes edificios, modernos rascacielos o casas acogedoras para que las personas pudieran vivir bien. Ahora, Dios me pide que lo ayude a edificar la Iglesia, ser un puente entre Dios y los hombres, para que las personas crezcan interiormente y sean felices.

¿Qué mensaje quiere comunicar a los jóvenes y las jóvenes que están planteándose seguir a Cristo con mayor generosidad?

FC: Vale la pena jugarse la vida por cosas grandes, porque sólo así podés ser feliz. Dar la vida a Dios no es sinónimo de “renuncia”, sino de “ganancia”. Dios abre a cada uno horizontes insospechados para la propia vida.

AS: Les repetiría las conocidas palabras del Papa Juan Pablo II que a mí me han movido y me han servido tanto: “No tengan miedo de acoger a Cristo. Cristo conoce lo que hay dentro del hombre, sólo él lo conoce. No tengan miedo, ¡Abran más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!”.

Si ya estaba entregado a Dios de manera total, siendo numerario del Opus Dei, ¿por qué se ordenó sacerdote?

AS: En mi caso, la llamada a ser numerario y a ser sacerdote son distintos momentos de una misma vocación. Hablando en términos arquitectónicos, pienso que el Señor tiene un “proyecto” para cada uno de nosotros, pero los constructores somos nosotros mismos. El nos va guiando, y nos sugiere: primero por acá, ahora por allá… Yo he procurado ir siguiendo esos consejos. Para la ordenación diaconal, una prima me escribió para felicitarme, y también para darme algún que otro consejo. Me decía que recordara que “antes que ser del Opus Dei, debía ser sacerdote”. Pienso que en esto se equivocaba. En mi caso no se trata de dos cosas distintas: soy un sacerdote numerario del Opus Dei. Tengo una historia personal y desde lo que soy buscaré llevar a cada persona el mensaje de Jesús.

¿Qué recuerdos se lleva de sus años cerca del Papa, en Roma?

FC: Llegué a Roma poco después de la elección de Benedicto XVI. Me impresiona la gran carga positiva de su mensaje: la esperanza de este mundo es Dios mismo. Me da mucha seguridad ver en el Santo Padre un hombre que no teme a la verdad y que invita a no tenerle miedo. Que habla claro, pero no con dureza, dejando de lado el “políticamente correcto” y yendo al centro de las perplejidades del mundo actual.

AS: Los años pasados en Roma junto a los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron fantásticos, porque tuve la suerte de estar presente en los últimos años del pontificado del primero y el inicio del pontificado del segundo. En el caso del Juan Pablo II, pude comprobar en primera persona su santidad, su entrega, y el ofrecimiento que hizo de su vida por toda la Iglesia. Basta recordar todos los eventos relacionados con su muerte, las colas gigantescas para rendir homenaje a aquél que había sido el Vicario de Cristo. Quizá pudiera decir, en resumen, que he visto lo que es un hombre de Dios, que ha tenido como única misión de su vida servir a la Iglesia de Cristo. Con relación a Benedicto XVI, me impresionó mucho su humildad, pues siendo uno de los mejores teólogos del siglo XX, no hace alarde de ello y su mensaje es un mensaje que, en mi opinión, llega a la gente…

¿Cómo ha reaccionado su familia y qué diría a los padres cuyos hijos se plantean una entrega a Dios?

FC: No podría imaginar una reacción más positiva y estimulante que la que han tenido mis padres y mis hermanos. Agradezco a Dios que ellos sepan ver que el sacerdocio supone una gran bendición, también para ellos. Pienso que, en ocasiones, es lógico que algunos padres tengan algún temor si alguno de sus hijos se plantea una entrega total a Dios. Pero creo que también es lógico que descubran enseguida que Dios acompaña muy de cerca a aquellos que llama: y Dios nunca falla.

AS: Gracias a Dios nací en una familia católica, que entiende que tener un hijo, un hermano o un primo sacerdote es un gran don de Dios y una bendición. Han reaccionado todos muy bien y han aprovechado su alegría para compartirla con otros familiares y amigos. Yo diría a aquellas familias cuyos hijos se plantean una entrega a Dios que hacen bien en poner algunas dificultades en un primer momento, pues el Señor tiene que madurar esa vocación y puede servirse de los padres para esto, pero que en ningún caso se opongan abiertamente a esta llamada, pues, si quieren realmente la felicidad de su hijo, deben permitir que él haga aquello que Dios le está pidiendo.

¿Cómo piensa comunicar a los demás la alegría, la novedad y la fuerza del mensaje cristiano?

FC: Invitándolos a conocer personalmente a Jesucristo siempre más. Toda la fuerza y la alegría del mensaje cristiano están precisamente en Jesús, que cambia radicalmente el horizonte de quien lo deja entrar en su vida cotidiana. A mí, Jesús me rompió los esquemas y me abrió una manera nueva de vivir.