Buen hijo, buen Padre

“Cuando fallece una persona conocida, buena y querida, afluyen a la mente mil recuerdos diversos”. En este texto se recuerda a Mons. Javier Echevarría y se reflexiona sobre la huella que ha dejado su vida.

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Opus Dei - Buen hijo, buen Padre

Cuando fallece una persona conocida, buena y querida, afluyen a la mente mil recuerdos diversos, como chispazos que despiertan en el alma sentimientos contrastados. Más aún cuando se trata de un Padre que ha mostrado con creces cómo vivía solo para nosotros, para meternos en el corazón de Cristo. Se entremezclan en nuestra alma la acción de gracias y los deseos de reparación por la propia falta de correspondencia. La realidad de la muerte, del tiempo que pasa, se hace más presente; y al dolor de una ausencia se une la gloriosa esperanza del Cielo; a la oración por el alma de un cristiano, se suma el recurso a una intercesión que se percibe más poderosa. Así es, en rápido esbozo, la resonancia del fallecimiento de Mons. Javier Echevarría en muchas personas de la Obra, y en tantas otras que lo han querido.

Se percibe, casi mejor ahora, la singularidad de una vida gastada desde la juventud: primero cerca de san Josemaría, y después del beato Álvaro.


La muerte de un Padre como don Javier trae a la memoria muchos recuerdos: algunos vividos por cada uno y cada una; otros, tantas veces, escuchados como esos relatos de familia que se cuentan de generación en generación. Se percibe, casi mejor ahora, la singularidad de una vida gastada desde la juventud: primero cerca de san Josemaría, y después del beato Álvaro, y finalmente como sucesor de ambos, con la memoria del corazón y de la inteligencia siempre en vivo, para transmitir con fidelidad el espíritu que había recibido de Dios a través de sus manos. El cariño que san Josemaría mostró desde muy pronto a don Javier, correspondido por una admiración y una obediencia filial, llenas de fe en la acción de Dios en los santos, hicieron de don Javier un hijo leal y valiente. Su sentido de la filiación divina pasó por el cauce de la filiación al Padre en el Opus Dei, primero en su misión de atender a las necesidades materiales de san Josemaría, y después en su estrecha colaboración con don Álvaro.

La entrega decidida y constante de don Javier como custos del Padre, y el cumplimiento fiel, ad mentem Patris, de los encargos que se le confiaban, fueron una preparación intensa para su largo ministerio pastoral como Padre y Prelado del Opus Dei. El trato con Dios, el ejemplo y la cercanía de san Josemaría y del beato Álvaro abrieron el corazón de ese hijo fiel para que la gracia de Dios lo llenara de caridad. Fue un buen hijo, y fue un buen Padre. Desviviéndose siempre por las hijas e hijos suyos en el Opus Dei, y atento a estrechar los vínculos de nuestra fraternidad sobrenatural, fue hijo no solo cuando san Josemaría y don Álvaro estaban en esta tierra, sino también después. Desde la entereza de su carácter, que saltaba a la vista, añoraba a esos dos gigantes de la fe y del amor, y se sabía siempre en su presencia. Palpitaba en su corazón la nostalgia del tiempo en que vivía entre nosotros san Josemaría, un hombre que sabía querer y que aún hoy es tan querido.

Como Padre y Prelado, quería seguir las huellas de sus santos predecesores, no apartarse de un camino bien trazado, cuidar amorosamente de un espíritu esculpido. Como hijo, fue coheredero valiente de Cristo (cf. Rm 8,17): llevó la cruz, peso bendito de las almas, yugo suave y carga ligera (cf. Mt 11,30). A veces decía don Javier que había que jugarse todo a la carta del Amor. Ese fue su gran anhelo, su esfuerzo constante.

Nos repetiría aquello que, especialmente durante sus últimos años en la tierra, había llegado a ser en sus labios un estribillo: quereos mucho, ¡que os queráis cada vez más!

«Si estuviera aquí entre nosotros aquel al que hemos llamado Padre durante estos veintidós años –decía Mons. Fernando Ocáriz, actual prelado del Opus Dei, en la homilía de la misa de funeral en la basílica de San Eugenio–, seguramente nos pediría que aprovecháramos estos días para intensificar nuestro amor por la Iglesia y por el Papa, que permaneciéramos muy unidos entre nosotros y con todos nuestros hermanos en Cristo. Y nos repetiría aquello que, especialmente durante sus últimos años en la tierra, había llegado a ser en sus labios un estribillo: quereos mucho, ¡que os queráis cada vez más! Y no solo en sus labios: impresionaba ver cómo quería a los demás. Recuerdo por ejemplo que el día antes de su muerte me manifestó la preocupación de estar quizá siendo un estorbo, al ver a tantas personas que se ocupaban de él. Y me salió espontáneo decirle: “No, Padre, es usted quien nos sostiene a todos”».

Ahora este hijo bueno y fiel nos sigue sosteniendo a todos desde el Cielo. Muchos han notado, desde el día de su fallecimiento, cómo don Javier les ayudaba en tantos aspectos de su vida cotidiana, como si el Padre que siempre tuvo un temperamento activo y generoso, y que tanto nos invitaba a acudir a la intercesión de los que nos han precedido, quisiese volcarse para ayudarnos a cada una, a cada uno; para agradecer quizá aquella carta que le escribimos; para responder a esa pregunta que no le pudimos hacer; para seguir haciéndonos notar, en fin, la paternidad de Dios.

Guillaume Derville