Una foto y una historia con el beato Álvaro

​Hace más de 20 años que la familia de Arturo Juan Bignoli escucha con atención una anécdota familiar que gira alrededor de una foto en la que aparece él, su esposa y don Álvaro. En esta nota, Arturo nos cuenta su historia, entrevistado por su hija Beatriz.

De Argentina

En una fría mañana de fin de julio, me acerqué hasta lo de Arturo Juan Bignoli, mi padre. Quería que volcara en esta nota lo que la familia venía escuchando desde hace más de 20 años, acerca de esa foto que preside su biblioteca, en la que están Don Álvaro, mi madre y él. Comenzó a hablarme lentamente, como buceando desde su interior estos recuerdos...


La foto que preside la biblioteca de Arturo Juan Bignoli


¿Cuándo fue que conociste personalmente a don Álvaro?

Lo vi más personalmente en mayo de 1992, en una reunión íntima, en aquellos días de la beatificación de san Josemaría, en su casa de Villa Tévere, en Roma. Fui con mi primera mujer, Betty. Yo por ese entonces era Rector de la Universidad Austral.

Cuando lo viste en ese encuentro, ¿qué fue lo que más te impresionó de su persona?

Don Álvaro apareció en aquella salita con su mirada transparente y paternal, que desarmaba a cualquiera. Con una sencillez impresionante, se dirigió a nosotros como si nos viéramos todos los días. Como un verdadero padre. A pesar de los ajetreos y responsabilidades de aquellos días, en los cuales no tenía un minuto libre –en realidad nunca los tenía- daba la sensación de que todo su tiempo era solo para nosotros. No se le notaba con prisa.

Conversamos un largo rato. Recuerdo sobre todo su cariño, su excelente humor que ilustra la foto que acompaña esta nota. Muy comprensivo. Nos preguntó con un verdadero interés por nuestros hijos, nietos y bisnieta, en ese momento era una sola, ahora tengo 22. Todos los años, cuando viajábamos por motivos académicos, le dejábamos en la portería de viale Bruno Buozzi 73, un sobre con cartas y dibujos de tus chicos. Detalle que agradecía como cualquier padre. Se reía y siempre les contestaba.

¿Qué recuerdos quedaron grabados en tu corazón de aquél encuentro?

Don Álvaro me preguntó si nos queríamos sacar una foto con él. Como no llevábamos cámara, hizo venir a una fotógrafa. La primera que se sacó, no le gustó: "Betty salió con cara de foto", dijo. "Saca otra, por favor".

Ahí fue cuando se me ocurrió preguntarle: Padre, ¿le gustaría complicarse –de algún modo- con sus hijos de Buenos Aires? Creo que contestó textualmente: "Me gusta la idea. ¿Qué quieres que haga?" Inmediatamente le expresé mi deseo de sacarnos una foto en la que se plasmara su cariño de padre. Nos acomodamos y él apoyó su cabeza sobre mi hombro izquierdo, me tomó del brazo y sonrió naturalmente. Mi mujer salió con los ojos cerrados, pero no daba como para pedirle otra. No fue una foto "posada", fue un acto de cariño hacia un hijo que le pedía algo impensado.

Ese hondo cariño que se ve en la foto, lo expresaba siempre con sus actos, sus palabras y su mirada. Lo sentía mi padre. Sus cartas mensuales eran realmente las de un padre hacia sus hijos. Toda su persona traslucía su coherencia de vida. No se podía decir que él pensara algo distinto de lo que expresaba personalmente o escribiendo.

En esta foto él tenía 79 años, seis años más que yo. Me daba la sensación de ser mucho mayor, no por su aspecto, sino porque su paternidad y autoridad emanaban en su modo de estar en el mundo. No solo lo sentía mi padre, lo era.

Al salir, mi mujer -que no era de la Obra- me dijo: "Este sacerdote tiene algo especial".

Habiéndolo conocido personalmente y de manera tan paternal, ¿cómo es tu trato personal hacia él hoy que está en el Cielo como intercesor?

Ahora, con mis 94 años, puedo contar algo que a algunos les parecerá irreverente, pero mi edad me da el permiso de decirlo. Cuando tengo algún tipo de dificultad, de las que dan los años, como cuando me visto… le pido en confidencia, bajito, como a un amigo: Álvaro, ayudame que estoy poniendo las dos piernas en un solo lado del pantalón. Y me ayuda.