Un encargo del cielo con nombre y apellido

Soledad vive en San Luis y es abogada de profesión. Fue gracias a su trabajo que hace 5 años conoció a Don Garro. Ella nos cuenta su historia, o mejor dicho, la historia de Don Gerardo Garro que, de un momento a otro, comenzó a formar parte de su vida.

De Argentina
Opus Dei -  Un encargo del cielo con nombre y apellido

Soledad vive en San Luis, tiene 46 años y está casada hace 21. Madre de 6 hijos, abogada de profesión, se dedica a ello con mucho empeño, y fue gracias a su trabajo que hace 5 años conoció a Don Garro. Ella nos cuenta su historia, o mejor dicho, la historia de Don Gerardo Garro que, de un momento a otro, comenzó a formar parte de su vida.

Soledad junto a su familia

Todo empezó un día especialmente frío de mayo del 2011, cuando un hombre mayor se acercó a su escritorio en la Secretaría Legal y Técnica del Gobierno de la Provincia de San Luis donde Soledad trabaja como asesora legal. Don Gerardo Garro le explicó que el predio donde vivía desde hacía muchos años no tenía título de propiedad y necesitaba una solución para salir de esa irregularidad. En su vejez, Don Garro quería ver que los papeles acreditaran que la casa era realmente suya. “No supe nada más de él por tres años”, cuenta Soledad.

Tiempo después, Don Garro volvió a aparecer, esta vez decidido a solucionar su problema de una vez por todas. Así fue que lo que comenzó siendo un vínculo profesional se transformó en una amistad. Poco a poco Soledad fue adentrándose en la vida de Don Garro y conoció las precarias condiciones en las que vivía: un ranchito ubicado en la ciudad de Juana Koslay, a 8 km de la ciudad de San Luis. “Se trata de una zona residencial, pero hay muchos lotes aún vacíos o con viviendas precarias como la de Don Garro”, explica Soledad. El baño estaba separado de la casa y en los días de lluvia el techo del ranchito dejaba pasar el agua y toda la vivienda se mojaba. “Supe también que en el 2010 falleció su única hija en un accidente de auto, y ahora no tenía a nadie más que cuidara de él”. Además, Don Garro sufre de una diabetes descontrolada y necesita de atenciones especiales.

Conocer la realidad de Don Garro fue un golpe duro para Soledad y no pudo quedarse indiferente: “se me partió el corazón y sentí que Dios me estaba pidiendo que hiciera algo más. Como decía san Josemaría “Si admitieras la tentación de preguntarte, ¿quién me manda a mí meterme en esto?, Habría de contestarte: te lo manda –te lo pide– el mismo Cristo”. En ese momento me determiné a ocuparme de él, lo hablé con mi familia y todos decidieron sumarse, me dio mucha felicidad”. La familia entera adoptó a Don Garro como abuelo. Con el pasar de los días, este hombre de 73 años, pasó a ocupar un lugar central en la vida de los Olivera Aguirre.

Don Garro con Soledad y Bernardita

Soledad y su hijo Lucas se repartieron los turnos para acompañarlo al médico. Consiguieron la insulina que necesitaba diariamente, silla de ruedas, el aparato para medir la diabetes, muletas, pañales, colchón y cama especiales porque tenía que pasar mucho tiempo recostado… entre muchas otras cosas. Algunas donaciones las recibieron del hospital de Juana Koslay, pero la mayoría de las cosas las obtuvieron haciendo llamados al PAMI: “no fue fácil, pero logramos conseguir mucha ayuda del instituto”. Hoy en día Don Garro recibe diariamente y dos veces al día a una enfermera del PAMI que le hace los controles rutinarios de azúcar, presión, le inyecta la insulina, le cura el pie que tiene lastimado a causa de la diabetes, y le da los remedios recetados. También dos veces por semana lo visita una kinesióloga que lo ayuda con los ejercicios para su movilidad, y tiene un médico que controla su evolución.

Don Garro con Teresa y Anibal, quienes lo cuidan

Soledad y su familia son testigos de los efectos de la “cariñoterapia” que recomienda el papa Francisco “¡Tan importante es «la cariñoterapia»! ¡Tan importante! A veces una caricia ayuda tanto a recuperarse”. Soledad lo comprendió: “Dios puso en nuestro camino a Don Garro, un abuelo que vivía su vejez en soledad, y sentí que nos pedía que lo ayudáramos a transitar sus últimos días en alegría, rodeado de cariño”. Y cuando el bien se da, también se recibe, y es por eso que disfrutan todos en familia las serenatas que Don Garro les regala con la guitarra después de la cena.