Rompiendo el protocolo

Artículo publicado por el Director de la Oficina de Comunicación en una edición especial del Diario Perfil. Desde la elección, el Papa Francisco ha recorrido un camino coherente consigo mismo y en sintonía con la sensibilidad popular y mediática. La sucesión de hechos concretos ya ha sido denominada estilo y va camino de convertirse en una nota específica de esta nueva etapa. Un estilo más suelto, más cercano.

De Argentina

Un papa con “buena onda”

Cada persona es única e irrepetible, con un don exclusivo para los demás. Esta verdad reluce de modo especial en el mundo de los medios, siempre agudos para percibir lo extraordinario y distintivo. ¿Qué lo hace diferente de los demás? ¿En qué no es un Papa más, que viviría acorde a lo que se prevé? ¿Cómo romperá el protocolo, el esquema establecido?

Nuestra época reniega de posturas acartonadas, indicadoras de artificialidad. Quien se ciñe a un guión ajeno carece de autenticidad, porque vive la vida de otro. Se convierte en una fotocopia deslucida. En cambio, romper el protocolo es ser original, creativo y, en el fondo, abierto a las necesidades de quien está con uno ahora.

Frente a la aparente superficialidad de las formas, renovarlas suele ser un reclamo estructural, y no sólo para la Iglesia. ¿Qué hay detrás de esta paradoja? La compleja relación entre lo esencial y el dinamismo de la vida.

Los argentinos vibramos con la flexibilidad, y el Papa Francisco es como una

sinécdoque de nuestro estilo: expresa una de nuestras buenas cualidades, la buena onda en el trato, la plasticidad para ofrecer un bien palpable y actual.

Esto nos fascina. Leemos nuestras frases, no las del idioma, sino las de nuestra calle, las de la esquina. Lo sentimos cerca, nos llega. Nos reconocemos en él. Nos gusta que recomiende a unos diáconos poner “toda la carne en el asador”; que a la Presidenta le regale un documento del CELAM para que “pesque un poco” lo que piensan los padres latinoamericanos; que a la gente reunida en la Catedral, le pida que “no le saquen el cuero a nadie”.

Renovación del lenguaje de la Iglesia

Desde fines de los 50, los papas vienen diciendo que la Iglesia debe renovar su lenguaje, cada uno con su aporte. Juan XXIII renovó el lenguaje intraeclesial al convocar el Concilio Vaticano II y al subrayar la bondad como distinción de los pontífices. Pablo VI renovó el lenguaje social, con su célebre “el mundo necesita testigos, antes que maestros”. Juan Pablo I trajo la alegría de sus breves 33 días y Juan Pablo II fue un gigante de la comunicación en muchos sentidos, que hoy son ya habituales. Benedicto XVI renovó el lenguaje teológico y lo acercó a los fieles, y será recordado como el papa de Twitter. Todos rompieron el protocolo de alguna manera y eso forma parte importante de su legado.

¿Y Francisco? Un santo decía que la verdadera caridad es tratar con cariño… y el cariño es siempre romper el protocolo, dar más de lo previsto: que el Papa se salga de la fila, abrace, quiebre el discurso, sorprenda con caras y gestos, haga el signo de “ok”... En esos pliegues de la historia se filtra un aspecto esencial de su vida.

Francisco es un papa de la periferia, del fin del mundo. Alguien se habrá preguntado: ¿puede acaso de Latinoamérica salir un Papa? Ese protocolo lo rompieron los cardenales. Quizá la Iglesia sea una sistemática destrucción de protocolos, porque Dios es más…, es sorpresa, y para seguirle el paso hay que saltarse los esquemas que diseñamos los humanos.

El Papa nos ha dado ya una clave: “cómo me gustaría una iglesia pobre y para los pobres”. Hay países -o partes de países- desarrollados en los aspectos materiales y subdesarrollados en el corazón; y hay países -o partes- subdesarrollados en lo material y desarrollados en el corazón. Para salir adelante necesitamos de ese algo único que cada uno y nadie más puede dar.

Francisco nos anima, en su homilía inaugural, a romper nuestro protocolo y “custodiar a la gente, preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón”.

  • Juan Pablo Cannata // Diario Perfil