"Quería mucho a la Argentina; de pequeño recibía la revista Billiken en su casa"

Roberto Dotta, médico rosarino, vivió junto a Álvaro del Portillo en Roma durante varios años. En primera persona nos cuenta sus impresiones y destaca tres características del futuro beato: su "gran sencillez y normalidad", su "apertura mental" y que "irradiaba paz y una alegría serena".

De Argentina
Opus Dei - "Quería mucho a la Argentina; de pequeño recibía la revista Billiken en su casa"

"Para servir, servir", gustaba repetir el Fundador del Opus Dei, condensando en esa frase una parte importante del espíritu propio de la Obra. Para ser útiles, servir; servir a Dios, a la Iglesia, al Romano Pontífice, a todos los hombres. Para servir, hay que hacer rendir todos los talentos, aptitudes, dar lo mejor de uno mismo: emplearse a fondo en lo que a cada uno corresponda en los diferentes momentos de la vida.

Pienso que éste es uno de los aspectos que caracterizan la vida de don Álvaro del Portillo: haber puesto todas sus cualidades –muchas, en lo humano y en lo espiritual– para servir, ser útil, emplear sus dotes, al servicio de lo que Dios le pidió: primero, ser apoyo y principal colaborador del Fundador del Opus Dei; luego, como su primer y fidelísimo sucesor.

Álvaro del Portillo sirvió: puso su inteligencia, su carácter, su don de gentes, su capacidad de darse y un sinfín de cualidades humanas al servicio de la tarea que Dios pedía al Fundador. Junto a esto, evitaba ubicarse en primer plano, hacer valer sus cualidades, su prestigio, para ponerse como protagonista. Claramente se veía que quería secundar a san Josemaría, del modo que fuera necesario.

Sus alegrías también estaban caracterizadas por este sentido de unión filial a san Josemaría. En los encuentros con muchas personas en su estancia en Buenos Aires en 1974 en el teatro Coliseo o en el Centro de Congresos San Martín, se advertía la “sintonía” que había entre san Josemaría y los que estaban allí. Se lo veía afectuoso, espontáneo, lleno de energía, buen humor, poniendo el alma en cada respuesta. Y la gente correspondía: con miradas que lo decían todo, o aplausos, o risas, o emociones. Más de una vez miré a don Álvaro en esas circunstancias. Se le notaba feliz; a veces, con una emoción que no podía disimular en su rostro y lagrimeaba. Le hacía feliz ver a San Josemaría desplegando su capacidad de darse a la gente, y recibiendo el afecto de tantas personas que lo veían en su mayoría por primera vez.

Cuando sucedió al Fundador al frente del Opus Dei, se pusieron de manifiesto otras facetas de su personalidad: junto con la misma fidelidad al Fundador; se pudo advertir más claramente su visión y decisión para conducir el gobierno de la Prelatura; y una enorme paternidad por los que desde ese momento pasamos a ser sus hijos. Esta “transformación” -aparente, pues estaba latente- apareció como todo en su vida: con una gran sencillez y “normalidad”.

Sirvió así toda su vida, hasta llegar a los 80 años, en que no dejó de trabajar y de darse hasta el último día. En los últimos años, su salud estaba debilitada; pero no quiso retraerse del peso que suponía ser Prelado y Padre: esto implicaba serias responsabilidades, reuniones, viajes, encuentros, recibir noticias buenas y de dificultades –que podían llegar en cualquier momento del día-, ser blanco de críticas y maledicencias, y también del afecto de los fieles del Opus Dei y de tantísimas otras personas. Como san Josemaría, quiso seguir trabajando sin eludir lo que, por su impacto emocional, pudiera tener consecuencias negativas para su salud. Nos decía, a quienes vivíamos con él, que quería morir trabajando, como san Josemaría, y añadía: “estamos en las manos de Dios, que son las mejores manos”. Nada de victimismos, quejas, o psicología de enfermo.

Ante una campaña de calumnias -organizada por unas pocas personas, pero con gran repercusión en los medios- contra el Opus Dei y la beatificación de su Fundador, su actitud fue la misma de san Josemaría en similares circunstancias: rezar, trabajar, perdonar, sonreír; y ahogar el mal en abundancia de bien. Estos acontecimientos le dolían, pero no lo abrumaban. Continuaba siempre con ese talante amable, que irradiaba paz y una serena alegría, como lo recuerdan miles de personas que lo han conocido.

Recuerdo que, en torno a 1992, concedió una entrevista a una conocida periodista española, con años de experiencia en su trabajo. Eran esos momentos difíciles que he mencionado. Después de entrevistarlo, escribió en su artículo para un diario español: “al cabo de un rato de estar con Álvaro del Portillo me di cuenta de que estaba delante de un hombre que hace tiempo está en paz consigo mismo”. Una aguda apreciación humana de lo que era su abandono en las manos de Dios.

Con una mirada meramente terrena, muchos afirmaban de él que era un hombre con una gran visión. Me comentó una vez un obispo que al hablar con Álvaro del Portillo sobre asuntos de la Iglesia, le parecía que don Álvaro observaba las cosas desde la perspectiva de un rascacielos, y él se veía como mirando desde un modesto primer piso. Era un hombre de Fe. La Fe no era para él un postulado teórico, sino una verdad práctica que le llevaba a ver con una luz distinta todos los acontecimientos.

Su profundo amor a la Iglesia, su corazón universal, le hacía buscar los puntos de unión, de convergencia, en vez de poner el acento en lo que divide. Durante el Concilio Vaticano II lo invitaron a una reunión informal de teólogos y peritos, entre los cuales estaba uno –famoso por sus posturas críticas al Papa– y que también había hecho comentarios negativos en público sobre don Álvaro. Al verlo, don Álvaro le fue al encuentro para darle un abrazo fraternal, rompiendo todo posible distanciamiento.

Don Álvaro era muy optimista y magnánimo ante los proyectos y las dificultades. Cuando en algún país le hablaban de las dificultades que encontraban para la labor apostólica por la descristianización de la sociedad, su respuesta era animar siempre: es necesario querer a la gente, abrirse, ir al encuentro, ser constantes, confiar en Dios, tener paciencia. “Donde parece que todo es un desierto …, se van descubriendo pequeñas matas de hierba aquí y allá…” Aunque parezca que no hay frutos …los hay ante Dios.

Las personas de países no latinos con rasgos culturales netos y fuertes, se asombraban de su capacidad para comprender su idiosincrasia y cultura. Es fácil que en esos países la gente piense que un latino no puede comprender su cultura, su idiosincrasia o sus costumbres. No ocurrió así con don Álvaro: gente de Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, China, Filipinas, países africanos, Corea, etc. quedaba impresionada al recibir a don Álvaro en su propia tierra por su capacidad para entender su cultura, su propio modo de ver la historia, su apertura mental ante estilos de vida distintos al propio.

Quizás también por eso no le gustaba quedarse como encerrado en un ambiente en el que todos piensan de un modo análogo. Buscaba contrastar con otros el modo de ver las cosas; recibir visiones desde otra perspectiva. Apreciaba también las contribuciones de carácter netamente profesional: escuchaba, preguntaba.

Quería mucho a la Argentina y a los argentinos. Ese cariño venía de cuando era pequeño: recibía la revista Billiken en casa de sus padres… Y se acrecentó mucho más cuando vino en 1974 acompañando a san Josemaría. Apreciaba mucho a las personas de nuestro país. Esperaba mucho de nosotros. Veía una gran potencialidad en nuestra nación, para servir a la Iglesia y a la humanidad.

Termino con algo que sintetiza los recuerdos que he ido mencionando. Don Álvaro era un hombre muy cercano a Dios, sencillo, sin poses ni rasgos artificiales, que amaba profundamente a Dios, a la Iglesia, y que entendió toda su vida en función de la llamada que recibió de Dios a los 21 años. Como estuvo disponible para lo que Dios quisiera de él en cada momento, dejó una huella que no es posible contar en tan pocos párrafos.

Roberto Dotta

Rosario, 23 de marzo de 2014

Aniversario del fallecimiento de Don Álvaro