Ni madera de santo ni santos de madera

Artículo del P. Patricio Olmos, vicario del Opus Dei en Argentina, publicado por el diario La Capital, Rosario, con ocasión del 5to aniversario de la canonización de San Josemaría.

De Argentina

El sol romano brilla imponente en el cielo. Comienza el día 6 de octubre de 2002 y medio millón de personas inundan la Plaza de San Pedro y los alrededores, reunidos para testimoniar su devoción a San Josemaría Escrivá de Balaguer. En la primera fila, se encuentra el Dr. Manuel Nevado Rey, un médico traumatólogo español que, como consecuencia de su trabajo con rayos X, padeció a partir de 1962, una radiodermitis crónica incurable. El desgaste paulatino lo llevó, finalmente, a que en 1992 dejara de trabajar. Animado por sus amigos, el Dr. Nevado acudió a Josemaría Escrivá en busca de un milagro. 

Desde el día en que comenzó a pedir su curación a Dios por la intercesión de Josemaría Escrivá, sus manos fueron mejorando y, en unos quince días, desaparecieron totalmente las lesiones. La curación fue total, hasta el punto de que, a partir de enero de 1993, el Dr. Nevado pudo volver a realizar intervenciones quirúrgicas sin ningún problema.

El día 10 de julio de 1997, un equipo de médicos y científicos, dedicado a estudiar el caso, estableció por unanimidad que la curación total de las lesiones, confirmada por los exámenes efectuados sobre el paciente, fue “muy rápida, completa y duradera, científicamente inexplicable”; lo que en términos comunes significa: “es un milagro”.

Hoy recordamos el quinto aniversario desde que Juan Pablo II canonizó al fundador del Opus Dei; esto es, lo inscribió en el canon de los santos, de las personas que vivieron una vida como la de Cristo.

En los albores del tercer milenio, todavía existen los milagros y los santos. Sin embargo, lo extraordinario del suceso podría producir cierta distancia respecto de la posibilidad de vivir una vida de imitación plena de Jesús. Podría pensarse que la santidad es para aquellos que son “especiales”, “distintos” de la gente común.

San Josemaría también se planteó esta disyuntiva: “Madera de santo. —Eso dicen de algunas gentes: que tienen madera de santos. —Aparte de que los santos no han sido de madera, tener madera no basta”. Todos, mujeres y hombres, niños y adultos, jóvenes y adolescentes, ancianos, enfermos, sanos, y un largo etcétera, contamos con la posibilidad de vivir como Jesús vivió, derramando caridad, servicio, compresión y perdón a todas las personas que se cruzaron en su camino. Para esto, hay que dar la mejor respuesta, procurando que nuestra vida, reflejando a Dios, deje un rastro de bien en la vida de los demás.

San Pablo señala que Dios “nos ha elegido antes de la creación del mundo, para que seamos santos” (Efesios 1,4). Esa santidad se vive en el amor, como don de Dios. En estos términos resumía, Pilar Urbano, una biógrafa de San Josemaría, su visión de la santidad: “Un santo es un débil que se amuralla en Dios y en Él construye su fortaleza. Un santo es un rebelde que a sí mismo se amarra con las cadenas de la libertad de Dios. Un santo es un miserable que lava su inmundicia en la misericordia de Dios. Un santo es un paria de la tierra que planta en Dios su casa, su ciudad y su patria. Un santo es un cobarde que se hace gallardo y valiente, escudado en el poder de Dios. Un santo es un pusilánime que se dilata y se acrece con la magnificencia de Dios”.

De esta manera, lejos está la santidad de una supuesta hoja intachable de servicios perfectos. El secreto negocio de los santos es confiar en Dios y basar sus obras de caridad con todas las personas en esa confianza. “Así pues, ¿qué es más importante?, ¿qué es más valioso?: ¿lo que el hombre hace por Dios, o lo que Dios hace por el hombre? Ah, en definitiva, el quid de la santidad es una cuestión de confianza: lo que el hombre esté dispuesto a dejar que Dios haga en él”, continúa la escritora mencionada.

“Pero, ¿cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? ­—se interroga Benedicto XVI—. A esta pregunta se puede responder ante todo de forma negativa: para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva:  es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades. "Si alguno me quiere servir -nos exhorta-, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará" (Juan 12,26)”.

De San Josemaría, ante todo, podemos aprender que Dios Padre llama a la santidad a todos los hombres y mujeres, de cualquier raza y condición social: este es el mensaje que Dios le hizo ver y que él transmitió no sólo con su predicación, sino también con su ejemplo de vida.  

Patricio Olmos, sacerdote, vicario del Opus Dei en Argentina.

  • Diario La Capital, Rosario