Grandes cosas, pequeños gestos

Esta es la historia de un encuentro casual en una parada de colectivo, una invitación, un viaje, un camino y el comienzo de una amistad... Lucía es de Chascomús, provincia de Buenos Aires, tiene 25 años y estudia Diseño Industrial en Capital Federal. Participó por primera vez como voluntaria de un viaje de ayuda social en la provincia de Chaco, organizado por Impulso Social. A continuación, nos cuenta su experiencia.

De Argentina

El 20 de enero me inscribí en el campamento de verano de Impulso Social. No conocía a ninguna de las chicas que viajaban, no sabía bien a dónde íbamos, ni exactamente qué íbamos a hacer, pero tenía muchísimas ganas de hacer algo por los demás y eso fue lo que me llevó a tomar la decisión.

¿A quién no le ha pasado de dudar si saludar o no a algunas personas con las que coincidís a diario en el colectivo, en el subte, o que te encontrás seguido caminando por el barrio? A mí me pasó, y ese fue el inicio de esta historia de amistad. Cada mañana esperando el colectivo para ir a la facultad, una desconocida que hacía el mismo viaje me saludaba de manera tan alegre que yo quedaba sorprendida. Tiempo después comencé a encontrarla en la Iglesia del barrio. Las primeras veces sólo cruzábamos un saludo a la distancia, hasta que después de unos meses, me esperó a la salida de la Iglesia y nos animamos a conversar. Se llamaba Mariana, nos pasamos los números de teléfono, y quedamos en contacto.

Le conté que me interesaba dedicar unos días de mis vacaciones para hacer algo social, ayudando a los demás. Las palabras del papa Francisco invitándonos a salir de la propia periferia estaban grabadas en mi corazón y quería hacer algo concreto. Mariana me contó sobre los viajes solidarios que organizaba Impulso Social, quedé fascinada. Empezamos a hablar casi todos los días, ¡yo quería que me contara todo sobre Chaco! A la semana me inscribí, sentí que Dios me estaba llamando a dar más de mí y yo tenía que responder a esa inquietud.

Unos días antes de viajar me presentaron a una de las coordinadoras de Impulso Social, me explicó que se trata de una iniciativa de universitarias y jóvenes profesionales que nació inspirada en el mensaje de san Josemaría con el objetivo de optimizar proyectos de voluntariado en lugares carenciados de Argentina: Corrientes, Chaco, Salta, San Luis y Buenos Aires. Durante nuestra estadía en Chaco, viviríamos en una escuelita de Gancedo, un pueblo que queda a 350 kilómetros de Resistencia y que este era el segundo año que Impulso Social viajaba a esa provincia.

Así fue que me embarqué en esta aventura solidaria. Por las mañanas visitábamos a las familias del barrio en pequeños grupos, el objetivo era evaluar sus necesidades. Trabajábamos en coordinación con el padre Cristian, un sacerdote que viaja al pueblo todos los sábados para celebrar Misa.

Me sorprendió mucho la calidez y generosidad de la gente del lugar. Cuando visitábamos las casas, nos recibían muy bien, a veces nos regalaban alguna fruta que nos ofrecían con alegría a pesar de que a ellos nada les sobra. Así, entre tereré y pan casero, escuchábamos muchas historias, algunas más tristes que otras, historias que helaban el corazón... Me propuse entonces devolverles una sonrisa a través de los talleres, mi objetivo era que pudieran compartir un lindo momento y que pudieran llevarse un recuerdo alegre que les ayudara de alguna manera a combatir sus tantas penas.

Armamos talleres de Nutrición, Inteligencia Emocional, Cuidado personal y Violencia Familiar. Organizamos también actividades recreativas para los niños y un festival, con juegos y payasos que les encantó. Además, hicimos una feria para las familias con ropa que las voluntarias habían juntado durante todo el año. Desde Buenos Aires me habían pedido si podía encargarme de llevar adelante un taller para adolescentes. Me entusiasmé mucho con la idea de organizar un “espacio de arte” en el que chicos y chicas pudieran expresarse. El taller fue todo un éxito: llegaron a participar más de 20 adolescentes por día, no alcanzaban las sillas, y varias de las voluntarias vinieron a ayudarme. Hicimos pulseras, collares, tobilleras, abanicos, todo con materiales reciclables y sencillos de conseguir, para que aprendieran y pudieran seguir creando solos cuando nosotras nos fuéramos. También colaboramos desde el taller con el equipo de niños, y diseñamos unos “burbujeros” que les regalamos el día del festival. Les encantaron. Verlos felices, jugando con sus burbujas fue simplemente increíble.

No existen las casualidades para Dios, sino las causalidades. Creo firmemente que por una causa Él me quería ahí, y no se cansó de invitarme a través de Mariana. En mi brazo izquierdo tengo tatuada una frase que dice: Peace begins with a smile: “La paz empieza con una sonrisa”. Esta frase de la Beata Madre Teresa la pude palpar día a día en Chaco. Fue una experiencia inolvidable y no veo la hora de hacer más viajes como este. Pude comprobar que con pequeños gestos, o pequeñas acciones podemos llenar el corazón de otros y alegrarles el día, a veces simplemente con un lindo saludo, como Mariana hacía conmigo en la parada de colectivo; otras, con un burbujero...