El Quijote, una escuela de diálogo

Compartimos una columna de opinión escrita por Mons. Mariano Fazio, Vicario General del Opus Dei, con ocasión de la celebración de los 400 años de la muerte de Cervantes y de Shakespeare, y publicada en La Nación. Destaca la actualidad de una de las lecciones que nos deja este clásico español, reforzada por las continuas llamadas del Papa Francisco para establecer la cultura del diálogo.

El mundo recordará esta semana los 400 años de la muerte de Cervantes y de Shakespeare. Dos gigantes que, por ser clásicos, nos siguen hablando hoy. Buena ocasión para tomar nota de una de las lecciones que nos deja la obra maestra del escritor español, tremendamente actual para la coyuntura que vive nuestro país y reforzada por las continuas llamadas del Papa Francisco para establecer la cultura del diálogo.

El Quijote pasa a la historia, entre otras cosas, por el diálogo casi infinito que mantienen el ingenioso hidalgo y su fiel escudero. "La mejor novela del mundo es tal vez el más largo y sabroso diálogo del mundo: las razones y sinrazones que intercambian un pobre loco y un amigo que le estima y le sirve. Sin Sancho Panza, don Quijote es un hazmerreír, un majadero a quien se engaña y apedrea. Gracias a su escudero, don Quijote, que se sabe escuchado y estimado, nos muestra la riqueza insospechada de su alma y alcanza a nuestros ojos una enorme estatura humana", escribió el filósofo y escritor español José Ramón Ayllón.

La relación entre los dos personajes es humanizante, porque se enriquecen mutuamente. La persona supone necesariamente relación con los demás. Estamos hechos para la comunicación, para el darnos al otro. Los diálogos mantenidos por don Quijote y Sancho nos enseñan que hay que saber escuchar, que es necesario tener una actitud humilde pues uno no es dueño de la verdad y el otro nos puede iluminar, que de un trato respetuoso del otro surge el cariño que mejora a las dos partes. Es emocionante lo que dice Sancho de su extraño señor: "No tiene nada de bellaco; antes tiene un alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga". Por su parte, don Quijote dice de su escudero: "Tiene a veces unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento; tiene malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por bobo; duda de todo y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale con unas discreciones que le levantan al cielo. Finalmente yo no le trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad".

Es tan intensa la relación entre los dos, que, como agrega Ayllón, "la compenetración entre escudero y caballero produce una mutua y variada influencia, que abarca desde la visión de la vida a la forma de hablar. El diálogo constante da lugar a lo que Salvador de Madariaga ha llamado quijotización de Sancho y sanchificación de don Quijote, «una interinfluencia lenta y segura que es, en su inspiración como en su desarrollo, el mayor encanto y el más hondo acierto del libro». La observación es tan exacta que, al final de la novela, los papeles se han invertido: Sancho cree en los ideales de la caballería andante, mientras don Quijote va soltando lastre de locura, hasta morir cuerdo".

También es el sentir de Claudio Magris cuando expresa que "el gran acierto de Cervantes es hacer que don Quijote y Sancho sean inseparables. Don Quijote a solas habría sido un alucinado; Sancho, el más vulgar de los hombres. Juntos son gloriosos. Se corrigen los excesos, se compenetran y, sobre todo, se escuchan".

En un mundo signado por el individualismo y la autorreferencialidad, esta apuesta por el diálogo, por el saber escuchar y preocuparse por el otro es quizás una de las lecciones más actuales que nos da el Quijote. Turguenev, novelista ruso, tiene un ensayo sobre Hamlet y don Quijote. Para el autor de Padres e hijos, "no hay en don Quijote traza de egoísmo; a diferencia de Hamlet, cuyo yo es el centro del mundo, es todo abnegación y sacrificio". Afirmación compartida por el crítico Harold Bloom, que afirma que "la novela de Cervantes es memorable por dos fantásticos seres humanos, don Quijote y Sancho Panza, y por la relación afectuosa e irascible entre ellos. Shakespeare nos enseña a hablar con nosotros mismos, pero Cervantes nos enseña a hablar entre unos y otros... Hamlet es, en definitiva, un individuo indiferente hacia sí mismo y hacia los demás, mientras que el hidalgo español es un hombre que se preocupa por sí mismo, por Sancho y por quienes necesitan ayuda". Hamlet o el Quijote. Cada uno debe elegir.

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