Del alcohol y las drogas al trabajo y la alegría

Mila Ávalos, docente, cuenta cómo san Josemaría intercedió para que recuperara la vista y así pudo dedicar su vida a la tarea de educar chicos y chicas de barrios carenciados

De Argentina

El 10 de septiembre de 1975 me levanté sin ver objetos; sólo distinguía luces y sombras. Sólo una mancha de luz, como si viera a través de un vidrio muy empañado. Mi madre acababa de recibir una copia de la estampa de Josemaría Escrivá (quien había fallecido en junio de ese año). Rezamos devotamente la oración. 

“En una oportunidad, una docente que estaba muy alejada de Dios me comentó que estaba convencida de que debía haber alguien en la escuela que rezaba porque todo se iba solucionando satisfactoriamente”

En esa época no había diagnóstico certero. Acudí a neurólogos, clínicos, odontólogos, oftalmólogos. El ojo estaba bien y no se hallaba ninguna causa a la falta de visión. Mi madre le pidió a Dios por intercesión de Josemaría Escrivá que me curara un día de la Virgen. El 24 de septiembre, día de la Virgen de la Merced, tuve la primera mejoría. El 7 de octubre, día de la Virgen del Rosario, hubo otra nueva mejoría. 

Los médicos, después de estudiar mucho el caso, supieron que era un coágulo; o al menos lo sospechaban, ya que el tratamiento que me aplicaron fue para disolverlo. Si bien los coágulos desaparecen, no se recupera totalmente la visión. Por esto, en ese momento, los médicos atestiguaron que había recuperado la visión, sin secuelas. 

Actualmente, con los avances en la medicina, esta enfermedad se detecta muy fácilmente. De todos modos, en 1982 se repitió el suceso: me encontraba fuera de la Argentina. Visité a un oftalmólogo muy reconocido profesionalmente. Y no podía creer que hubiera padecido un coágulo y que no hubiera dejado huella. 

“En momentos en que la ola de violencia se acrecentaba en todos los colegios, en éste los alumnos se portaban cada día mejor”

Soy agregada del Opus Dei, desde 1976. Hace unos años, concursé y gané el cargo de dirección de una escuela pública de nivel medio en la provincia de Córdoba (Argentina). Los alumnos provienen de barrios de la periferia y de villas de emergencia. Por diferentes motivos, en los años previos a asumir el cargo la escuela había estado prácticamente acéfala, por lo que atravesaba graves problemas de disciplina y, debido a esto, desde el Ministerio de Educación habían intentado cerrarla varias veces. Los alumnos no respetaban los horarios, consumían alcohol y drogas en la escuela y muchas veces ingresaban con armas. Las peleas entre ellos eran frecuentes y provocaban grandes destrozos en el mobiliario e instalaciones del colegio. 

La primera meta fue ayudar, poco a poco, a que todos fueran conscientes de su dignidad como personas y se sintieran queridos, valorados, escuchados. Establecimos nuevas reglas de convivencia procurando mostrar lo que las sustentaba: respeto por el otro, responsabilidad, solidaridad… Cuando llegué a la escuela era invierno y me encontré con que no había un solo vidrio en las ventanas, ya que los alumnos los habían ido rompiendo. El turno escolar terminaba a las 23.45 y el frío era insoportable. Solicité al Ministerio de Educación los vidrios, pero se negaron porque decían -con razón- que ya habían colocado los mismos en diferentes oportunidades y los alumnos volvían a romperlos. Propusimos, entonces, que fueran los estudiantes quienes tomaran las medidas de los vidrios y los colocaran. Aceptaron darnos el material diciendo que sería la última oportunidad. Los alumnos los colocaron y no volvieron a romperlos nunca más…

El centro de estudiantes organizó diferentes actividades deportivas y encuentros los días sábados; esto ayudó a forjar lazos entre alumnos y docentes y favoreció una sana convivencia. También organizamos salidas educativas a exposiciones, museos, conciertos, y viajes a sitios de interés histórico, para fomentar en los alumnos el gusto por las actividades culturales. Comenzaron a participar en concursos de arte y competencias deportivas con otros establecimientos educativos. Nunca habían tenido acto de finalización de clases y de egreso de promociones. Ese año preparamos un acto académico importante que se continúa realizando hasta la fecha. Se adornó el escenario para la ocasión, se grabaron medallas, se prepararon diplomas y premios, y se repartieron invitaciones a las familias. Animamos a todos a esmerarse en el arreglo personal, por lo que, los días anteriores, los alumnos llevaban al colegio sus camisas, corbatas, trajes -que en muchos casos habían conseguido prestados-, para que viéramos si eran adecuados. Salió todo muy bien; el acto fue muy emotivo y todos estaban felices.

Las cosas fueron cambiando progresivamente. En una oportunidad, una docente que estaba muy alejada de Dios me comentó que estaba convencida de que debía haber alguien en la escuela que rezaba porque todo se iba solucionando satisfactoriamente. Mucha gente nos ayudó a realizar el cambio. Un matrimonio, por ejemplo, organizó charlas para padres y alumnos dictadas por profesionales de prestigio. También el personal de la escuela asistió y algunos comentaban que nunca habían tenido la oportunidad de escuchar esas cosas y que lo expuesto les había servido mucho. También organicé junto con otras personas cursos de artesanías y cerámica para madres y familiares de nuestros alumnos. Aprovecharon los encuentros para hablar temas de familia y educación con las asistentes. Los cursos les han servido también a las alumnas para ganar dinero, ya que las producciones son muy buenas y de buen gusto. También, se han dictado talleres para madres sobre educación de los hijos y charlas a alumnos acerca del valor de la vida y otros temas.

“Desde hace dos años los alumnos también participan en actividades solidarias y visitas a hospitales o residencias de ancianos. Preparan todo con mucha ilusión y generosidad y vuelven removidos”

Hace un tiempo murió un alumno y a pedido de sus compañeros se ofició una Misa en la escuela. Fueron los mismos chicos quienes se encargaron de pedirlo al párroco y prepararon todo. Se invitó a la familia del estudiante. Actualmente el sacerdote visita cada tanto la escuela y pasa por los cursos para conversar un momento con los alumnos, quienes lo atienden con mucho interés.

Se respira un clima de alegría y trabajo. Ingresaron docentes nuevos con muchos valores humanos, generosos, dedicados y colaboradores. Con frecuencia se escuchan comentarios de alumnos, padres y personal acerca de lo grato que les resulta estar en la escuela y cómo se sienten queridos y comprendidos. Todo esto facilita que la gente abra su intimidad y se la pueda ayudar. Desde hace dos años los alumnos también participan en actividades solidarias y visitas a hospitales o residencias de ancianos. Preparan todo con mucha ilusión y generosidad y vuelven removidos.

El Ministerio de Educación, teniendo en cuenta el cambio producido en el colegio, arregló toda la escuela. Hasta la fecha está en perfectas condiciones ya que la cuidamos entre todos. Los alumnos mantienen en perfecto estado las aulas: levantan los papeles del piso, cuidan el mobiliario y las instalaciones en general. Pudimos comprar estufas, poner ventiladores y confeccionar cortinas para todas las aulas y oficinas. Todo esto se realiza con los fondos obtenidos en diferentes actividades donde participan alumnos, padres y docentes. Personalmente, creo que San Josemaría tiene mucho que ver con todo este cambio y con el ambiente que vivimos cada día en la escuela.