De túneles y caminos

“Algunos pasan por la vida como por un túnel, y no se explican el esplendor y la seguridad y el calor del sol de la fe”. Cita así, el padre Víctor Urrestarazu, a san Josemaría en un artículo publicado en "Desde la Austral", revista de la Universidad Austral, en agosto de 2012.

De Argentina

No le habrá faltado experiencia, a San Josemaría, cuando afirmó en el punto 575 de Camino que “algunos pasan por la vida como por un túnel, y no se explican el esplendor y la seguridad y el calor del sol de la fe”.

De mi parte, desde el modesto y a la vez impresionante observatorio de mi trabajo sacerdotal, he visto mucha gente transitar por ese túnel. Y con dolor para mi alma la sigo viendo. Me gustaría poner un cartel, para que lo vean todos al pasar, con letras luminosas y estridentes. Elegiría sin dudar otro punto de Camino: “¡locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón... y muchas veces lo envilecen..., dejad eso y venid con nosotros tras el Amor…”

Suelen ser, los de esa pobre gente, túneles más o menos tenebrosos, oscuros y largos, faltos de oxígeno, complicados y tortuosos. Fríos. Muy fríos. Desolados. Cada uno se fabrica el suyo, a la medida de sus horizontes. Quizá allá, en el final, se recorta alguna luz, pero no hay fuerzas para llegar y apenas hay ojos para verla.

Vivir sin fe, qué duda cabe, es la mayor de las desgracias. Espanta sólo pensarlo: enterrarse en la profundidad de un túnel, cortar con Dios, dar la espalda a ese vínculo tan profundo que une a cada hombre con su Creador. San Pablo lo explicaba con una imagen plástica: apartarse a sabiendas de la voluntad divina equivale a dar coces contra un aguijón.

Vivir sin fe es vivir sin Dios. Es quedarse sin esperanza y sin amor, sin nortes que inspiren la conducta ni recursos para orientarse en las encrucijadas de la historia. Vivir sin Dios es la única tragedia capaz de robar la felicidad del corazón.

Así es. Así ha sido siempre. Deteriorar y empobrecer la relación con Dios implica en simultáneo deteriorar y empobrecer las relaciones con los demás. La convivencia se enrarece, surgen los conflictos, aparece la división. La “calidad de vida” se estropea al perder calidad la relación fundamental, la que nos conecta a Dios y sostiene las demás relaciones.

Los sacerdotes lo sabemos muy bien: creer la doctrina revelada no es un fardo pesado que se agrega a los demás pesos de la existencia. Justo al revés: es el gran recurso para acertar en la vida y hacerla amable, llevadera, lograda. No es una mochila que molesta: es viento que nos levanta. Lejos de enredar, descomplica. Tampoco hace daño: enaltece, y hasta cura las heridas del alma. No agobia, alegra.

Es verdad que acomodarse a las exigencias de la fe supone un compromiso, una carga. Pero la carga de vivir sin fe es mil veces más pesada y, además, quien la asume, termina en soledad, extraviado en los laberintos cenagosos del propio egoísmo.

Fuera de ese túnel, por autopista tranquila y despejada, emerge la realidad con toda su riqueza: colores, luces, aire libre y agua clara. Fuera de ese túnel, como explica San Josemaría en el 582 de Camino, se descubre rápidamente la hermosura de “nuestra fe católica”, que “da solución a todas nuestras ansiedades, y aquieta el entendimiento y llena de esperanza el corazón”.

Con su enorme lucidez y la asistencia segura del Espíritu Santo, Benedicto XVI está empeñado en tratar de hacer visible a Dios en este mundo: en que la gente recupere y redescubra el tesoro de la fe. Esa es, para él, la gran prioridad de la Iglesia: superar el eclipse de Dios que atenaza la conciencia de millones de individuos y hunde a la humanidad en un abismo de tormentas.

En el mismo arranque de su carta Porta Fidei, con la que convoca un Año de la Fe que comenzará en octubre del 2012 y terminará en noviembre del 2013, el Papa anuncia: “La puerta de la fe (…) está siempre abierta para nosotros. (…) Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (…) y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna”.

No es lo mismo un túnel que un camino. Quizá, en un primer momento, el túnel parezca más útil, más seguro y confortable, pero terminará aburriendo y ahogando: sobrará encierro, faltará la luz. En todo caso, esa luz será siempre artificial, en riesgo permanente de apagarse. El camino de la fe, en cambio, nos da siempre paisajes diferentes, y aunque a veces cueste recorrerlo, se va con la tranquilidad de estar acompañados por Dios y por tantas personas a las que pedir ayuda. Si se hace de noche, sabemos que enseguida vuelve el sol.

En su carta, Benedicto XVI nos previene contra ingenuidades: “mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”.

Por eso propone a los creyentes sacudirse la modorra. Quiere que nadie “se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros”, al tiempo que recuerda que “la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios”.

Este gran profesor, que es el Papa, enseña también que aquellos contenidos revelados por Dios,“que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes, tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado”.

Este es el motivo para convocar el Año de la Fe: que cada uno se esfuerce en encarnar y presentar los contenidos revelados por Dios de modo convincente y atrayente. ¿Cómo lograrlo? Lo primero, conocerlos y estudiarlos. El Papa aconseja algo muy sencillo: leerse el Catecismo completo y su Compendio, resumido en preguntas y respuestas.

En segundo lugar, comprender que “el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad”.

Abrir el corazón, romper el caparazón de las seguridades falsas, decidirse. Sólo disfruta y saborea la fe quien intenta hacerla propia. Es algo así como el jugo de naranja: analizar sus componentes químicos, apreciarlo en fotos gigantes de 3D no basta. Aunque sepamos todo, si no lo probamos, jamás podremos enterarnos de su gusto.

¿Y qué hacer si somos minoría, si hay problemas? No asustarse. “La fe–dice Benedicto XVI-está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad”.

Y desde ya, saber que estamos ante uno de esos bienes arduos por el que vale la pena gastarse y darlo todo. “La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo, son preludio de la alegría (…) Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él”.

¿Y el deseo final del Papa? Está escrito el punto 15 de la carta: “Que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero”.

* El autor es Abogado y Doctor en Derecho Canónico y Vicario del Opus Dei en Buenos Aires

  • Pbro. Dr. Víctor Urrestarazu* // Desde la Austral