“Ahí está la clave para llegar al corazón de los demás, en convertirse todos los días”

Acercamos una entrevista a Mauricio Ballesteros, argentino de 31 años, quien recibirá la ordenación sacerdotal el próximo 9 de mayo en Roma.

De Argentina
Opus Dei - “Ahí está la clave para llegar al corazón de los demás, en convertirse todos los días” Mauricio Ballesteros, uno de los próximos sacerdotes

El 9 de mayo se realizará la ordenación de 32 sacerdotes en Roma, y entre ellos hay un argentino. Mauricio Ballesteros tiene 31 años, nació en Villa Mercedes, San Luis, y estudió dirección de empresas en Mendoza. Vivió cuatro años en Buenos Aires y en el 2009 viajó a Roma, donde estudió para prepararse para el sacerdocio.

¿Cuál es tu ilusión como sacerdote?

Hacer feliz a muchas personas ayudándoles a descubrir a Dios en sus vidas. Facilitar que muchos puedan descubrir el rostro misericordioso de Dios, como nos está animando el Papa Francisco. Para conservar esta ilusión pido a la Virgen que nunca me acostumbre a ser sacerdote, y pido a los lectores de esta entrevista que recen por mí.

¿Qué crees que puede ser lo que más necesitan de vos como sacerdote (y de todos los sacerdotes) los hombres y mujeres del mundo?

Pienso que lo que la gente espera del sacerdote es que sea siempre y en todo sacerdote: un hombre de oración, que celebre los sacramentos, que esté disponible para dar consejo y acoger a todos, especialmente a los más necesitados, que ponga amor y devoción al celebrar la Misa, que esté disponible en el confesonario, que predique la Palabra de Dios.

¿Cómo fuiste descubriendo tu vocación? ¿Qué papel jugó tu familia, sobre todo tu papá y tu mamá, en este camino?

Cuando tenía 9 años, mirando a un sacerdote, pensé: “¿a quién se le ocurrirá ser sacerdote?" Lo que veía en ese entonces era que con todas las propuestas que se ofrecen hoy en día, a nadie se le ocurriría ese camino. Pero, al mismo tiempo, me daba cuenta de que hacían falta sacerdotes, por lo que me dije interiormente que llegado el momento, si Dios me lo pedía, a pesar de que nadie quisiera seguir ese camino, yo estaría dispuesto. Este impulso de niño tampoco me causó una gran crisis porque seguí mi vida con toda tranquilidad. Con los años me di cuenta de que no se trataba de un “estar dispuesto" como si dijera “si no hay otro, pues acá estoy yo". El sacerdocio es una vocación y, como toda vocación, es Dios el que llama. Soy consciente de que el camino para ser feliz en esta vida es secundar el querer divino. Cuando hace unos años me volví a preguntar sobre la posibilidad de ser sacerdote, me di cuenta de que no había nada que lo impidiera, ese era mi camino y el Espíritu Santo me lo hizo ver con claridad. Así fue como con la gracia de Dios dije que sí, yme sentí inmerso en una alegría muy profunda.

Mauricio Ballesteros con Javier Echeverría, Prelado del Opus Dei¿Cómo fue la experiencia de estudiar en Roma, tan cerca del papa Francisco?

La experiencia de Roma es única. Compartir tantos momentos inolvidables con gente de todos los continentes me ayudó a abrirme a los demás, a comprender el sentido de la palabra Iglesia. Cuando llegué a Roma desde Argentina el Papa era Benedicto XVI. Entre los eventos que me tocó vivir está el anuncio de su renuncia y estar en su última audiencia general. Ahí el Papa nos decía que la Iglesia está viva y que debíamos sentir la alegría de ser cristianos. Estas dos ideas han madurado especialmente en estos años romanos. También viví de cerca el cónclave que elegiría a Francisco, el hecho de estar en Roma me ayudó a comprender que la Iglesia también es familia y que todos los cristianos podemos vivir estos momentos de la historia de la Iglesia como verdaderos protagonistas, y no como simples espectadores.

Además, para mí, Roma supuso estar cerca de Javier Echevarría, prelado de la Obra, de quien he aprendido tanto para mi futura labor pastoral: me animó a tratar cada vez con mayor intensidad a Dios y a la Santísima Virgen, me dio un ejemplo de entrega incondicional a los demás, de alegría y de optimismo.

Hace unos días el papa Francisco ordenó sacerdotes a 19 diáconos en la Basílica de San Pedro. ¿Qué sentís cuando el Papa les recomienda "que las homilías no sean aburridas, que lleguen al corazón de la gente"?

Es un gran reto al momento de preparar las homilías y, al mismo tiempo, una llamada a confiar en la acción del Espíritu Santo. Estoy convencido de que, para llegar al corazón de la gente, tengo que luchar por vivir lo que enseño; tratar de aplicarme aquello que voy a decir, sin buscar lucirme personalmente sino servir a los demás como instrumento. San Juan Pablo II decía que sólo un corazón convertido es capaz de convertir. Ahí está la clave para llegar al corazón de los demás, en convertirse todos los días: por eso los sacerdotes tenemos tanta necesidad de la oración de todos.

El Santo Padre también habló del sacramento de la Reconciliación y les dijo a los nuevos sacerdotes que “por favor, no se cansen de ser misericordiosos". ¿Qué podrías decir de este Sacramento?

Estuve en un encuentro del Papa con futuros confesores y también nos repitió esta idea. Ser misericordioso es hacerse cargo de la persona que tengo enfrente. En algunos casos quieren volver a Dios y no encuentran modo de resolver su situación compleja. Por eso el Papa decía que no son misericordiosos ni el confesor rígido ni el de “manga ancha".

Es cierto que no tenemos que cansarnos de ser misericordiosos, como tampoco tenemos que cansarnos de recibir el perdón de Dios. Esto es lo que el Papa nos dice continuamente: Dios siempre nos da una nueva oportunidad y nos espera siempre.

De todas las cosas que san Josemaría les dijo a sus hijos sacerdotes, ¿cuál resaltarías?

Son muchas. Por seleccionar un par, diría: que seamos sacerdotes-sacerdotes, servidores de los demás; la segunda, que me da mucha esperanza, es cuando explica que el sacerdote “tiene" el poder de Dios y las debilidades de los hombres. Porque si soy consciente de mi condición de instrumento en las manos de Dios, al tocar mis debilidades no me quedo atrapado en ellas, sino que doy el salto y le dejo actuar a Él: perdonando los pecados, celebrando la Misa, siendo Cristo Sacerdote para los demás.