80 años del Opus Dei

Artículo de opinión publicado en el Diario La Prensa con ocasión del aniversario de la fundación de la Prelatura.

De Argentina

El jueves pasado el Opus Dei celebró en todo el mundo los primeros ochenta años de vida. Fue un 2 de octubre de 1928, cuando su fundador San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), en Madrid, y habiendo transcurrido tan sólo tres años de su ordenación sacerdotal, sintió firmemente que su misión en esta vida era fundar una institución religiosa cuyo mensaje central sería difundir a todo el mundo que cada persona puede llegar a la unión con Dios plena, es decir, a la santidad, realizando con amor y por amor las tareas de todos los días. "Dios no te arranca de tu ambiente, no te remueve del mundo, ni de tu estado, ni de tus ambiciones humanas nobles, ni de tu trabajo profesional… pero, ahí, ¡te quiere santo!, en palabras del mismo Escrivá. 

En 1946, instalado en Roma y luego de sufrir persecuciones durante la Guerra Civil Española y las penurias de la Segunda Guerra Mundial, comenzó la tarea de difundir el mensaje del Opus a los cinco continentes. Una misión que no cesó hasta su muerte ocurrida el 26 de junio de 1975. El 17 de mayo de 1992, Juan Pablo II lo beatificó y, diez años después, el 6 de octubre de 2002, lo proclamó santo. En la actualidad, la Obra cuenta con 87 mil miembros en todo el mundo, de los cuales el 98% son laicos, la mayoría casada, y el 2% restante son sacerdotes. 

¿Cómo entender mejor en qué consiste el Opus Dei? La mejor manera es recurrir a las explicaciones que ofreció el mismo Escrivá de Balaguer. Entre los años 1966 y 1968 concedió entrevistas a distintos medios de comunicación como Le Figaro, The New York Times, Time y L'Osservatore della Domenica, entre otros. A continuación, dos extractos de aquellas entrevistas.

-¿Cómo y por qué fundó el Opus Dei? 

-¿Por qué? Las obras que nacen de la voluntad de Dios no tienen otro porqué que el deseo divino de utilizarlas como expresión de su voluntad salvífica universal. Desde el primer momento la Obra era universal, católica. No nacía para dar solución a los problemas concretos de la Europa de los años veinte, sino para decir a hombres y mujeres de todos los países, de cualquier condición, raza, lengua o ambiente -y de cualquier estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes-, que podían amar y servir a Dios sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con su familia, en sus variadas y normales relaciones sociales. ¿Cómo se fundó? Sin ningún medio humano. Sólo tenía yo veintiséis años, gracia de Dios y buen humor. La Obra nació pequeña: no era más que el afán de un joven sacerdote, que se esforzaba en hacer lo que Dios le pedía. Para mí, es un hito fundamental en la Obra cualquier momento, cualquier instante en el que, a través del Opus Dei, algún alma se acerca a Dios, haciéndose así más hermano de sus hermanos los hombres. (De la entrevista realizada por Peter Forbath, corresponsal de Time, Nueva York el 15-4-1967). 

-¿Cuál es el mensaje del Opus Dei? 

-Desde 1928 mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, porque el quicio de la espiritualidad específica del Opus Dei es la santificación del trabajo ordinario. Para predicar y enseñar a practicar esta doctrina, no he necesitado nunca de ningún secreto. Los miembros del Opus Dei abominan del secreto, porque son fieles corrientes, iguales a los demás: al incorporarse al Opus Dei no cambian de estado. Les repugnaría llevar un cartel en la espalda que diga: 'que conste que estoy dedicado al servicio de Dios'. (De la entrevista realizada por Jacques Guilleme-Brulon y publicada en Le Figaro, París, el 16-5-1966).

  • Diario La Prensa / Pablo Otero