“15 días con Josemaría Escrivá”

En este libro de Ciudad Nueva, que ya está en venta en Argentina, Guillaume Derville recopila una serie de escritos de San Josemaría que nos invitan a un encuentro personal con Cristo. A continuación transcribimos el prólogo de Jorge Rouillon, periodista, ex columnista del Diario La Nación, quien acompañó, como periodista, a Juan Pablo II en distintos viajes y conoció personalmente a San Josemaría en junio de 1974.

De Argentina

Josemaría Escrivá: un santo latinoamericano

Conocí personalmente a San Josemaría Escrivá en junio de 1974, en su única visita a la Argentina, justo un año antes de su fallecimiento en Roma. Lo vi en reuniones con mucha gente –en el teatro Coliseo, de Buenos Aires, desbordado, en una mañana lluviosa de un día de semana; en el Centro Cultural General San Martín, que quedó chico para todos los que quisieron entrar; en el Colegio de Escribanos…– y en algunas reuniones más pequeñas, familiares.

En una conversación informal, con cuatro o cinco personas, en la entrada de la casa de retiros La Chacra, en Bella Vista, recuerdo que le dije que había estudiado periodismo y pensaba dedicarme a esa profesión. Y que me alegraba saber que él había sido profesor en una escuela de Periodismo (había dictado clases de Ética General y Moral Profesional en la Escuela de Periodismo de Madrid). Me contestó que él había sido profesor allí, pero que luego esa escuela se había convertido en algo de partido y aunque él no tuviera nada en contra, le parecía que en algo de partido no debía estar. Y me miró diciendo: “Tú me entiendes, ¿no?”.

En esos días en la Argentina, el fundador del Opus Dei vivió en esa antigua casa, rodeada de un amplio parque, y pudo entrever en sus desplazamientos la inmensidad de la pampa. Así lo evidenció al dar la bendición a la multitud que colmaba el Centro General San Martín el 16 de junio de 1974:  “Que el Señor esté en vuestros corazones, que el Señor bendiga vuestras almas, vuestras haciendas, vuestros amores, vuestra caridad, con una bendición tan grande, tan extensa, tan admirable, como esta pampa de la Argentina, que nunca acaba”.

En una de las tertulias

En esas jornadas recibió a numerosas familias, habló con muchas personas de diversas condiciones sociales y fue a rezar al santuario de la Virgen de Luján, patrona del país. Esa estadía formó parte de un viaje extenso por América Latina, que comenzó en Brasil y siguió por la Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Colombia –apenas una escala en el aeropuerto de Bogotá- y Venezuela. Fueron en total más de tres meses, del 22 de mayo al 31 de agosto de 1974.

San Josemaría Escrivá tuvo al continente americano en su corazón, en su oración, en su pensamiento desde el primer momento de su misión apostólica, y siguió personalmente el comienzo de la tarea del Opus Dei en cada país. Ya en 1948 le encomendó al presbítero y arquitecto Pedro Casciaro, que se formó a su lado desde muy joven, que recorriera el continente para ver las posibilidades de desarrollo de la tarea del Opus Dei. Sé que en Rosario, la ciudad adonde nací ese mismo año, tuvo un encuentro en el hotel Italia con un puñado de universitarios –entre ellos, Arnaldo Contreras, un joven médico tucumano-. Escuchó sus inquietudes y les explicó esa obra que promovía la santificación en el trabajo cotidiano, viéndolo como un medio –no un obstáculo- para procurar estar cada día más cerca de Dios.

Don Pedro Casciaro con San Josemaría

El mismo Pedro Casciaro inició con otros la labor estable del Opus Dei en América, en un pequeño departamento en la ciudad de México, en febrero de 1949. En pocos años, esa tarea se expandió a Culiacán, Monterrey,  Guadalajara y otras numerosas ciudades. Don Pedro, como llaman en España a los sacerdotes, narró su historia personal en el libro Soñad y os quedaréis cortos, y falleció en México en 1995.

En 1970, San Josemaría pisó por primera vez tierra americana en México, adonde fue a rezar ante la imagen de la Virgen de Guadalupe, patrona de América. “He tardado veintiún años en venir a estas tierras”, dijo el santo, que permaneció 40 días en ese país. A la Virgen de Guadalupe le pidió por la intención especial por la que rezaba y hacía rezar durante años: que se hallara un camino jurídico definitivo para el Opus Dei, que respetara su carácter laical y secular, su sentido de ser una porción del pueblo de Dios en medio del mundo. Intención por la que ofreció morir sin verla realizada. Finalmente, el 28 de noviembre de 1982 Juan Pablo II aprobó al Opus Dei como una prelatura personal. Fue la culminación de un itinerario en el que antes había recibido aprobaciones de la Santa Sede en 1943, 1947 y 1950.

En 1950 la Obra comenzó su tarea apostólica en la Argentina y en Chile.  En la Argentina comenzó en Rosario: el 31 de agosto se inició en una vieja casa una residencia para estudiantes universitarios. El 12 de marzo de ese año habían llegado al aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires, un sacerdote y arquitecto, Ricardo Fernández Vallespín, y dos profesores universitarios, Ismael Sánchez Bella, historiador del Derecho, y Francisco Ponz, doctor en Ciencias Naturales. Ambos dictaron conferencias en universidades y centros culturales de la Capital, Rosario, Tucumán, Córdoba y La Plata.  El 1 de noviembre de ese año pidió la admisión en el Opus Dei Adolfo Isoardi, un joven estudiante de medicina de grandes inquietudes intelectuales, que se carteaba con el Premio Nobel Giovanni Papini. Él fue la primera vocación del Opus Dei en la Argentina y años después, en 1958, sería el primer sacerdote argentino de la Obra.

La tapa del libro

En Chile, inició la labor apostólica un joven sacerdote, Adolfo Rodríguez Vidal, que llegó solo y comenzó en Santiago una residencia para estudiantes. Años después, muchos chilenas y chilenos, sintiéndose impulsados por el mensaje de San Josemaría, multiplicarían las iniciativas de impacto social y educativo, como la escuela agrícola las Garzas, varios colegios, la Universidad de los Andes, entre otros.

En Colombia y Venezuela, el Opus Dei comenzó su tarea en 1951. A Colombia llegó en octubre de ese año el presbítero y abogado Teodoro Ruiz, y al año siguiente, lo acompañó el médico Ángel Jolín. En 1954 llegaron al puerto de Cartagena Josefina de Miguel, María Adela Tamés, Tere Ivars y Concha Campá, que se dirigieron a Bogotá para promover el apostolado de la Obra. Desde Bogotá y Medellín la expansión continuó a Manizales, en 1958; Cali, desde 1961; Cartagena, a comienzos de los años 70; Barranquilla, en 1978; Bucaramanga, en 1981…

Tres jóvenes profesionales y un sacerdote arribaron a Venezuela en octubre de 1951. Más tarde, en 1954, llegaron las primeras mujeres del Opus Dei. En esos años, el apostolado con estudiantes y profesionales se fue expandiendo en y desde los centros del Opus Dei erigidos en Caracas, y llegaron las primeras vocaciones venezolanas. Pronto, también, se realizaron viajes a diferentes ciudades (Maracaibo, Valencia, Barquisimeto).  Desde mediados de los años setenta desde Venezuela se iniciaron viajes a Trinidad y Tobago, para atender a personas que vivían allí, hasta que se erigió un centro en 1982.

En 1949, Juan Larrea, joven estudiante ecuatoriano, pidió la admisión a la Obra en Roma, donde su padre estaba acreditado como diplomático. Una vez que concluyó allí sendos doctorados en derecho civil y derecho canónico, Juan partió para Quito, en septiembre de 1952. La semilla del espíritu del Opus Dei que el recién graduado fue sembrando allí, con el aliento del arzobispo local, cardenal Carlos María de la Torre, mientras ejercía la abogacía y daba clases en la Universidad, fue dando frutos y en 1954 llegó a la capital ecuatoriana un sacerdote, el padre Joaquín Madoz Montoya. Ese año también iniciaron su trabajo apostólico tres mujeres del Opus Dei. En 1963 comenzó la labor estable en Guayaquil, ciudad de la que Larrea –eximio jurista ordenado sacerdote en 1962 y obispo en 1969- fue arzobispo entre 1989 y 2003. Hoy está en proceso de beatificación. San Josemaría estuvo en ese país quince días en 1974 y aunque la altura y una enfermedad bronquial lo afectaron mucho, se desvivió por recibir a muchas personas y transmitir su fuego de amor a Dios a numerosos grupos.

Mons. Luis Sánchez Moreno

En 1953, comenzó la labor estable del Opus Dei en Perú y en Guatemala. Ese año arribaron al aeropuerto de Lima el sacerdote Manuel Botas y el catedrático de Historia de América Vicente Rodríguez Casado. En años siguientes pidieron la admisión en el Opus Dei en España algunos peruanos, como Luis Sánchez Moreno, que pocos años después, ordenado sacerdote, asistió como obispo al Concilio Vaticano II y fue, más tarde, arzobispo de Arequipa.

En 1957, la Santa Sede encomendó la prelatura nullius de Yauyos-Huarochirí al Opus Dei. Ese territorio, enclavado en la sierra central del Perú, era una zona de misión, con escasez de clero y difíciles condiciones geográficas y económicas. Los sacerdotes guiados por el primer prelado, monseñor Ignacio María de Orbegozo, emprendieron  abnegados periplos en mula por las sierras para hacer llegar la catequesis y los sacramentos a campesinos ubicados en los lugares más recónditos.  En 1962 se incorporó a la prelatura de Yauyos la provincia de Cañete. En 1963 nació, en Cañete, Condoray, un centro de formación profesional al servicio de la promoción humana, social y espiritual de la mujer. Despliega un programa de formación de promotoras rurales, mujeres líderes que impulsan el desarrollo en sus propias comunidades. Y favorece la alfabetización integral, la capacitación laboral básica, la educación familiar y para la salud, programas de nutrición y de desarrollo rural. En 1963 comenzó el Instituto Rural Valle Grande, que brinda asistencia técnica, profesional y espiritual a pequeños agricultores de los valles de Cañete, Yauyos y zonas vecinas. En 1969, nació la Universidad de Piura, en el norte del Perú, con el firme apoyo de la comunidad local y el constante impulso de San Josemaría, que fue su primer gran canciller.

Don Antonio Rodríguez Pedrazuela

Aquel mismo año empezó la labor del Opus Dei en Guatemala. Fue el punto de arranque del trabajo en toda Centromérica, que el padre Antonio Rodríguez Pedrazuela ha reflejado en su libro “Un mar sin orillas”. En 1956 pidió la admisión como supernumerario el doctor Ernesto Cofiño, médico casado y padre de cinco hijos, pionero de la investigación pediátrica en Guatemala. Promovió  organizaciones para la educación de obreros y para madres y futuras madres de pocos recursos. Comunicó su alegría y su generosidad a muchísimas personas, en un apostolado personal de extraordinaria abnegación por el prójimo, hasta que murió a los 92 años en 1991. En 2000 se introdujo su causa de beatificación.

En Brasil la tarea del Opus Dei empezó unos años más tarde, en 1957, en Marilia, Estado de San Pablo, donde establecieron el primer centro un sacerdote, un médico recién graduado y un joven abogado. Ese mismo año, iniciaron un centro de mujeres Gabriela Malvar Fonseca, profesora; Rosario Alonso, nutricionista, y María Clara Constantino, profesora de filosofía. En 1958 comenzó la labor estable en San Pablo, donde al año siguiente se inició la residencia universitaria de varones Pacaembú y poco después la residencia universitaria Jacamar, para chicas. Fue el comienzo de una gran expansión. En 1974 San Josemaría llegó a tener emotivos encuentros con 3000 personas en el centro Anhembi y con más de 2000 en el auditorio Mauá, en San Pablo.

La labor estable del Opus Dei comenzó en Uruguay en 1956, en El Salvador en 1958, en Costa Rica en 1959, en Paraguay en 1962, en Puerto Rico en 1969, en Bolivia en 1978, en Nicaragua en 1992, en Panamá en 1996…

Poco antes de morir, en febrero de 1975, San Josemaría volvió al continente americano, a Venezuela y Guatemala, concluyendo así de alguna manera el viaje que había emprendido por varios países el año anterior. Concluía una catequesis que había implicado recorrer casi 45.000 kilómetros. Pero en Guatemala ya le abandonaban las fuerzas, estaba agotado y enfermo, y pidió perdón porque no hubo más remedio que cancelar varias grandes reuniones previstas en un campo de deportes. Pocos meses después, el 26 de junio de 1975, murió en Roma.

Rezando frente a la Virgen de Luján

La presencia de San Josemaría en América Latina comenzó cuando el primer fiel del Opus Dei pisó estas tierras. Su influjo espiritual llega hoy a millones de personas, de todas las condiciones sociales, que se sienten inspiradas y reconfortadas en sus palabras y su espíritu. Rezó ante la Madre de Dios en sus distintas advocaciones –Guadalupe, Aparecida, Lo Vázquez, Luján…–, promovió numerosísimas iniciativas solidarias y educativas, formó e impulsó a gran cantidad de sacerdotes latinoamericanos y, por sobre todo, llevó siempre a la gente de América en su corazón.

Sería imposible conocer y reseñar este influjo de sus palabras en tantas gentes del continente americano, en aquellas a las que pudo ver o en quienes se acercaron a su espíritu e intentaron hacerlo carne en sus vidas en las décadas que siguieron a su fallecimiento. Baste quizá recordar un punto, entre muchos posibles, de su mensaje de fe y convivencia a fieles americanos. En una tertulia multitudinaria, en Buenos Aires, una docente le preguntó: “Cuando usted se vaya, Padre, ¿qué quiere dejarnos en el corazón a todos sus hijos sudamericanos?” San Josemaría respondió: “Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no os maltratéis jamás; que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría.”

Jorge Rouillon, 26 de junio de 2011

Fiesta de San Josemaría